El Mundial en México: ¿Orgullo histórico o puro negocio?

 

A mí me cuesta mucho ver este tipo de eventos y quedarme solo con la emoción de los partidos. Siempre me ha gustado rascarle un poquito más y ver qué hay detrás, porque la realidad es que todo tiene su lado bueno y su lado malo. Con el Mundial que estamos viviendo, me pasa exactamente eso.

Por una parte, es innegable que tiene un valor histórico enorme. Que el Estadio Azteca sea el único en el mundo que ha inaugurado tres mundiales es algo que difícilmente volveremos a ver. Da orgullo pensar en la mística de ese césped: ahí jugaron figuras inolvidables en el siglo pasado, y hoy el mundo entero vuelve a poner los ojos en el mismo lugar. Esa cara de la moneda está llena de nostalgia, de identidad y de historia pura.

Pero si le damos la vuelta a la moneda, la realidad es otra. Estos torneos masivos cuestan muchísimo dinero y se organizan a marchas forzadas. Las grandes marcas y los organizadores se llevan ganancias millonarias, pero a la gente común y corriente rara vez le llega un beneficio real. Al contrario, las ciudades se saturan, los precios suben y el impacto económico positivo no se reparte de forma justa.

Incluso si lo ves desde el lado humano, hay un contraste muy grande. Todo este monstruo funciona gracias a miles de personas que le echan ganas en el día a día. Piensa en el comercio local o en el ejército de voluntarios que regalan su tiempo, su esfuerzo y su energía durante semanas. Es muy admirable lo que hacen, pero también te pone a pensar cómo el evento más lucrativo del planeta se apoya tanto en el trabajo de personas que no reciben un sueldo, y que al final solo se quedan con la experiencia y un papel de participación.

Al final, este Mundial no es blanco ni negro. Es la contradicción de siempre: la magia de un balón que nos une a todos frente a la tele, conviviendo con el recordatorio de que, detrás de todo esto, lo que realmente mueve la maquinaria es el dinero.

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